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Un buen mal libro

«... todos estos libros son, francamente, literatura "escapista". Crean gratos lugares en la memoria, rincones tranquilos para entretener la mente en ocasiones, pero poco pretenden relacionarse con la vida real. Hay otro tipo de "buenos malos libros" con pretensiones más serias, que nos revelan, creo, algo de la naturaleza de la novela y las razones de su actual decadencia. En los últimos cincuenta años hubo toda una serie de autores —algunos de ellos siguen escribiendo— que es imposible calificar como "buenos" en el estricto sentido de la calidad literaria, pero que son novelistas natos y parecen sinceros, en parte precisamente porque no los inhibe el buen gusto.» George Orwell, Good Bad Books (1945)

Quino, su Alteza (real)

El día de Reyes, las calles y los parques de México son territorio de patines, triciclos, bicicletas y patinetas, “avalanchas” y la versión estilizada del patín del diablo que ahora se llama scooter. Claro que para montarlos se necesita equilibrio, y con pata de palo, garfio y pezuñas puede ser complicado.

Por eso mientras otros pedaleaban yo conocí a unos niños que jugaban ajedrez, al futbol y a “buenos y malos”, leían historietas y veían —como yo— al Pájaro Loco. También hacían preguntas ante las que los adultos tosían, reían o se desvelaban, iban a merendar a casa de sus amigos o de vacaciones a la playa. Mientras reía con ellos, aprendí a hacer mis propias preguntas.

FelipeLuego supe quién era el autor, y que para entender sus dibujos había que pensar, aunque tal vez ya lo había aprendido, junto con la risa y lo que cada uno de ellos me enseñaron:

Libertad, a “ser simple” (pero no insípido); Miguelito, a “querer que me salga bien la vida”; Guille, a conservarme “en versión completa”; Manolito, a ser “peatón del razonamiento”; Susanita, a tener (por lo menos) un tema “bien masticado”; Mafalda, a llamar a la paz e insistir aunque “me dé ocupado, como siempre”. Y Felipe… a aventurar la voz y la mirada al exterior, allá donde están la escuela, los deberes, y (por supuesto) hasta las pelirrojas de ojos verdes.

Un aplauso tímido, humilde y agradecido al maestrísimo Quino, desde luego por el premio Príncipe de Asturias 2014, pero especialmente, por las preguntas… y por las sonrisas.

 

Sonidos

para garfio y pezuña

322px-Paco_de_Lucia_in_1972A la distancia, décadas ya, probablemente sólo yo me acuerdo. En la familia había (y hay) quienes saben arrancarle a una guitarra sonidos inmateriales que tocan el alma, y en las anécdotas existe una casa donde antes que nosotros jugó y cantó un trovador legendario.

¿Cómo alcanzar seis cuerdas con cinco dedos? Ese debía ser el secreto. Peor aún: el pulgar sólo es apoyo, así que sobran cuatro: dos para estorbar, y dos que no saben posar con gracia. En suma, una pezuña.

Al otro extremo, el garfio transforma rasgueo en arañazo y caricias en llaga: un dedo quiere hacerlo todo y los demás unen su rebeldía.

Poco valieron las clases; aunque el oído era ancho la impaciencia fue mayor. La voz, por un tiempo, encontró el camino y ritmo y equilibrio ausentes en las piernas, que no sabían mecerse ni correr en armonía: una se arrastraba –pata de palo– mientras la otra quería saltar.

Captain_Hook_detail-FD_Bedford-WikimediaCommonsEn el ambiente, todo era una sinfonía líquida que no se parecía a la música de herencia pero sonaba familiar, nacida de los mismos trastes y pisadas, que no podían ser otros, pues la música, universal e imponente, conserva en toda encarnación su matemática.

Resulta que los tríos no eran solamente trova, ni la armonía estaba hecha siempre de voces bien templadas; había requinto y jazz, y también era magia.

Paco de Lucía, primero con los suyos, luego junto a McLaughlin y DiMeola, y después otra vez rodeado de “su” flamenco. Así entendí qué son las distancias, y porqué a cada quien su oficio. Con el tiempo, cierta tercera voz huyó de la garganta para anidar con un filo distinto entre las páginas.

Mientras, Paco brincaba de Algeciras a Tulum, y el acento flamenco cobró resonancias Mayas.

Paulus_Potter_-_Two_Pigs_in_a_Sty-detail_-_Google_Art_Project-WikimediaCommonsHoy se ha marchado, aunque sigo escuchándolo. Yo dejé de tocar, porque lo más mío (así lo descubrí) son las palabras. Pero mi guitarra, que ha perdido un padrino, aún conserva el oído, la voz… y la esperanza.

 

El padrino (en imagen tomada de Wikimedia Commons) es Paco de Lucía (1947-2014), de Algeciras, de la música y la playa. La pocilga cada vez pierde más música y palabras.

 

Febrero en sábado (por la noche)

Aunque en esta pocilga no somos fánses de las fechas comerciales, hay cosas de las que sí nos acordamos. En este caso, febrero nos recuerda la aparición del maestro Lou-Sin en este plano de la existencia, aunque su “debut escénico” no fue en la pocilga sino en otro foro de más saneado prestigio y palabras aladas.

Sin embargo, cierto pirata navegante decidió invitar a su maestro de solfeo, también un personaje muy querido en el chiquero, para desafinar agasajar al  “hojomeneado” y los amigos de la granja, estén donde estén.

JEP dixit

Jose_Emilio_Pacheco

Tengo siete años. En la granja observo
por la ventana a un hombre que se persigna
y procede a matar un cerdo.
No quiero ver el espectáculo.
Casi humanos, escucho
alaridos premonitorios.
(Casi humano es, dicen los zoólogos,
el interior del cerdo inteligente,
aún más que perros y caballos.)
Criaturitas de Dios los llama mi abuela.
Hermano cerdo, hubiera dicho San Francisco.
Y ahora es el tajo y el gotear de la sangre
y soy un niño pero ya me pregunto:
¿Dios creó a los cerdos para ser devorados?
¿A quién responde: a la plegaria del cerdo
o al que se persignó para degollarlo?
Si Dios existe ¿por qué sufre este cerdo?

Bulle la carne en el aceite.
Dentro de poco
tragaré como un cerdo.

Pero no voy a persignarme en la mesa. (“Cerdo ante Dios”, del poemario Islas a la deriva)

 

El de la imagen (tomada de Wikipedia) y el poema es José Emilio Pacheco (1939-2014), mexicano y universal. El luto, de las letras y de este chiquero, que sufren la partida de un hombre bueno, un intelectual sin poses, cuando ¡ay! quedan tantos que no llegan a lo uno, pero ah, cómo presumen de lo otro. 

Mangel

Juan_Gelman_-presidenciagovar-_31JUL07A veces las palabras se me descascaran, se desgajan. Y digo más aún: se descarajan, porque ni siquiera la ríspida sílaba de eso que se llama interjección alcanza para decir lo que pienso, o lo que quiero decir. Entonces un verbo se descoyunta y es necesario pelechar un sustantivo. Pero no, nunca ¡ay! como hacía él.
 
Juan Gelman me llegó tarde. No tanto como María Elena Walsh, pero sí detrás de Benedetti, por esos vericuetos de lector que sólo otro lector (re)conoce. También gracias a “lo malo de andar siempre con las orejas puestas”, y en una imagen movediza y un bar imaginario y una historia y un personaje que, no siendo yo, querría haber inventado, con todo y gabardina. Junto a Girondo se instaló en mi santoral privado, ese que guardo en todas las encarnaciones de mis chancholibretas, no sólo en tinta, también en el fuego eléctrico.
 
Después, a sorbos, conocí su historia. Cuando encontró a su nieta, sonreí una sonrisa de enterado, como si supiera qué sentía, por creer que estar en el mismo universo me daba ese derecho solidario.
 
No pregunten si me duele. No me digan tampoco que ahí quedan sus letras, dentro y mas allá de las mil trescientas páginas de su Poesía reunida, que no se llevó consigo. Porque se las llevó, y más. Y por eso mis repisas de poesía hoy son más huérfanas.
El de la imagen (tomada de Wikipedia) es Juan Gelman (1930-2014), poeta argentino y universal. Las divagaciones y el luto, de esta pocilga.

De intolerancias y respetos

151px-AntonioMachado_wikimedia-commons“La proverbial intransigencia [española, dice el texto original; universal, diría cualquiera] es una de las muchas mentiras con que nos obsequian nuestros oradores. Para ser intransigentes necesitamos una fe que no tenemos, fe en nuestros ideales, fe sobre todo en nosotros mismos. Transigimos todos los días y a todas horas, transigimos hasta el absurdo de sacrificar nuestras ideas, opiniones y sentimientos y adoptar los ajenos, movidos por el miedo, por el provecho personal o por el capricho de las circunstancias. Pero nuestra decantada intolerancia es cierta. Cuando hemos cambiado nuestras opiniones por las del vecino y adoptado su punto de vista para considerar las cosas, cerramos fieramente contra aquel que las mira desde la orilla opuesta, aunque las mire desde donde nosotros las veíamos antes. ¡Respeto, Dios lo dé; amor, ni soñarlo! Y en las luchas del espíritu el primer deber que nos imponemos consiste en no comprender a nuestros adversarios, en ignorar sus razones, porque sospechamos desde el fondo de nuestra brutalidad que si lográramos penetrarlas, desaparecería el casus belli. Nuestra mentalidad, cuando no adopta la forma de alimaña cazadora y astuta, aparece como gallo reñidor con espolones afilados. Prefiere pelear a comprender, y casi nunca esgrime las armas de la cultura, que son las del amor. Y cuando se pasa de las grandes ciudades a las ciudades pequeñas y de las ciudades pequeñas pasamos a los pueblos y de los pueblos a las aldeas y los campos donde florecen los crímenes sangrientos y brutales, se agrava el encono de las pasiones y es más densa y sofocante la atmósfera de odio que se respira”. Antonio Machado, 1 de octubre de 1910. Discurso en el homenaje a Antonio Pérez de la Mata.

Quehaceres de papel

GeoreOrwell-Wikimedia_CommonsCuando trabajé en una librería de segunda mano —un lugar que muchos imaginan, especialmente si nunca han trabajado allí, como una especie de paraíso donde ancianos encantadores hojean tomos encuadernados en piel— lo que más me impactó fue la escasez de auténticos bibliófilos. Nuestro establecimiento tenía un surtido excepcional de mercancía, y sin embargo dudo que el diez por ciento de los clientes pudieran distinguir entre un libro bueno y uno malo. Había más presumidos cazadores de primeras ediciones que amantes de la literatura, aunque los estudiantes del Oriente que solían regatear libros de texto eran más aún, y las señoras distraídas en busca de regalos para algún sobrino, las más usuales de todos“. (Bookshop Memories, 1936).

Desde muy chico, quizás a los cinco o seis años, supe que al crecer me haría escritor. Entre los diecisiete y los veinticuatro intenté abandonar esa idea, pero lo hice sabiendo que traicionaba mi naturaleza y que tarde o temprano debía ponerme a escribir libros“. (Why I Write, 1946), traducciones al vuelo por Ivanius.