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I Java Dream XXI

Enjoying_Coffee_Pera_Museum_2_bLo más importante es que el agua no se mueva. Hay que dejarla admitir en paz el aire y el calor. La agitación, para que obre la magia, debe ser interna.

De pronto, como siempre, la formación de burbujas, primero transparentes y luego, con el tránsito, encierros inmateriales del sabor.

Qué más da si lo de ayer fue una noticia no muy agradable; el descanso y la certera dosis de cafeína servirán para enfrentar —un instante a la vez— las consecuencias.

No sé qué tanto pueda revelar una lectura de los posos del café; por las dudas, debo enjuagar el último trago con un toque de espuma, para que nadie sepa que hoy me permití una segunda dosis. Además, eso de que en día de descanso no hay mucho qué hacer es un decir: todos los minutos tienen sesenta segundos de combate.

Por eso un exprés doble, apenas cortado, será buen bastimento de batalla.

I Java Dream XX

Cuando no cambio los vívidos colores de mi mente por los colores vividos, esos en los que no sólo puedo posar la vista sino las manos, sé que algo sucede.

Cuando recuerdo sin presunción, pero con algo de esfuerzo,  aquella frase cartesiana de que los sentidos nos engañan, o cuando surge en mis labios una sonrisa que poco a poco se desinfla, y de pronto parece jamás haber estado allí, estoy seguro de que la imaginación se ha adueñado del terreno.

Enjoying_Coffee_Pera_Museum_2_bCuando la velada se transforma en carrera de resistencia entre la avidez y la meta (porque a un libro se le puede abandonar, pero no a los personajes que atrapan), casi todo está dicho.

Cuando en el margen veo esa caligrafía extraña que nace de la doble penumbra de mi mente y la noche, creo que el camino ha sido demasiado largo.

Para cuando el alba traza sus primeras, tímidas, caricias a través de la ventana, únicamente la esperan los testigos de siempre.

Junto al papel, poso de las ideas, el libro que me resistía a abandonar hasta no saber el desenlace; y el pocillo con su residuo, último vestigio de un empeño que duerme, ahora que alrededor todo despierta.

I Java Dream XVIII

Frente a la taza cristalina y roja se detiene (o comienza) el tren del pensamiento. Los granos crujen, disciplinados, en la vertiginosa espiral del molino. Al abrir la tapa es necesario cerrar los ojos, para que la única sensación dominante sea el olfato.

Un chorro de agua fresca. Encima, el misterioso depósito de aluminio, canela en trozo. La avalancha de polvo marrón. Fuego, sin pelotón de fusilamiento.

Aparte, un fondo de leche, mientras el vapor comienza a hacer lo suyo, y la garganta sugiere dos gotas (o un poco más) de miel.

Por fin, el líquido cobra vida, y el contraste al servir dispersa un aroma correcto.

Va a resultar que nunca he sabido prepararlo, o que la mística de la tisana, la infusión o el brebaje de turno es solamente pretexto, punto de apoyo, para el vuelo mental.

La verdad, eso ahora no importa: ha comenzado un nuevo día.

I Java Dream XVII

El sábado despunta con chirridos, o gorjeos electrónicos, intentando disipar un sueño reparador que cala sabrosamente los huesos.

La visita cotidiana al espejo presenta una non-morning-person bajo greña despeinada.

Chapuzón-remojo intermitente para alinear neuronas con expectativas, pendientes con agenda, atuendo con compromisos.

Aire frío; clavado al guardarropa en busca de exoesqueleto con aura térmica.

Ahora no crujen los huesos ni rechinan los dientes; sólo es el pan tostado con prudente rebanada de queso.

Justo a tiempo, la cafetera emite su reclamo aromático con toque de almendras y canela.

Ya lo dijo el poeta: se hace camino al andar.

I Java Dream XVI

Antes del sueño, la virtud secreta del olfato me sostiene para saborear la textura crujiente de caramelo y canela presos en una mirada.

Con los ojos cerrados, espero el asalto inevitable del café y la espuma antes de pasarlos frente a mi rostro como una caricia. Mi inquietud y la lengua me hacen probar ese inconfundible y ligero toque de sal que dejaron dos labios.

Sé que no debo abrir los ojos, así que aspiro hondo y disfruto de nuevo esa fragancia, no tan costosa como cierto perfume.

Yo, exprés doble cortado. Quizás, luego, un postre.

I Java Dream XV

Cada semana tiene un viernes como recompensa para que, en dos horas de respiro (más exactamente, al son de tres o cuatro campanadas), llegue puntual el carruaje de los recuerdos.

Quizás sea porque las cinco o seis o siete letras de tu nombre sirven para planear y construir fantasías interminables. Después de las ocho, un poco más tarde, sin saber nunca dónde porque “el lugar de costumbre” invoca lugar común, rutina y poca cosa…

Así cada encuentro era distinto. Como cuando te dije que creer en la reencarnación quizás significaría volver como gatos siameses callejeros hasta recuperar, poco a poco, nueve vidas.

Eso, dijiste; nueve vidas necesarias para fabricar una mezcla de coincidencias con diez de calificación. Luego nos fuimos a merodear en busca del regalo perfecto… nunca te decidiste, entre once opciones. Prefieres la libre inspiración de la compra impulsiva.

Después, la media noche del reloj me despertó. O tal vez fue el aroma de la cafetera, que velaba mi sueño como siempre, puntual y sorpresiva.

I Java Dream XIV

Sé que un guiño no basta, pero es difícil conservar los dos ojos abiertos cuando el sopor de “aún-no-es-hora-de-comer” se derrama sobre mi cabeza con penetrante intermitencia.

Parpadeo de nuevo y apelo a los hábitos de lector para concentrarme. Las palabras cobran vida en la página como juego de rummy autónomo, y una pequeña voz sobre mi hombro se empeña en que, bien o mal, todo está dicho ya, así que mejor “no buscarle tres pies al chancho”.

El lápiz a treintaicinco grados del papel parece estar de acuerdo, mientras el diccionario, la gramática y el calor claman por la sensatez.

Un minuto de silencio (eterno, pero finito) antes de levantarme. No me rindo, sólo cambio de estrategia.

Diez minutos más tarde, junto a mi escritorio hay un creciente rimero de hojas, mientras yo, con la mente (y no sólo la frente) despejada, contemplo por enésima vez una colección de palabras que ya no son rummy, sino el rompecabezas de siempre.

Bendito express.

I Java Dream XIII

Qué bien se siente llegar temprano en un día soleado. Tras el deber cumplido, un lugar apacible y luz natural.

Aún no necesito encender nada; podría sentarme a leer.

Damn, se fue la luz. Ya entendí por qué es bueno tener teléfono alámbrico. No estoy seguro de que mi celular esté cargado. ¿Y si llama y me quedo a media conversación? Mejor le mando un mensaje para que no me hable.

Sin electricidad tampoco puedo buscar reseñas de la película; va a pensar que soy un improvisado o un informal si nos vemos aquí. Peor aún, creerá que no puse atención cuando dijo que se le antojaba el cine “de arte”. Mejor le hablo.

Ah, pero no se me dan mucho esas conversaciones. Ni siquiera en tuíter, donde los 140 caracteres son demasiados para decir tonterías y muy pocos para conversaciones relevantes. Decir sólo “al rato nos vemos” sale más barato por teléfono, pero así seguro habrá pleito. Lo de después, ni hablar.

Qué bueno, ya regresó la luz. Justo a tiempo para disponer mesa. ¿Dónde habré dejado el teléfono? Ya oscureció, pero qué flojera encender luces para buscarlo. Hay que ser responsables (aunque dé pereza); ya mañana aparecerá.

¿Y si me llama? Mejor pongo a cargar el teléfono de una vez. Claro, tengo el celular, pero ese es sólo para emergencias.


Allí fue cuando llegaste. No es necesario contar lo que sucedió después, porque una vez cerrada la puerta, es poco lo que hace falta encender: para eso basta la luz de las velas.

Y después un café.

I Java Dream XII

Despierto, las sombras líquidas que me rodean no apagan la sed ni calman el calor, así que es mejor enfrentarlas a ciegas.

El tanteo amodorrado no acierta a encender mi lámpara: eso me ayuda a cerrar los ojos.

Percibo un matiz acompasado en el silencio. Espero, sin embargo, que alguien NO me deletree; el somnus interruptus no es buen conciliador.

Hace calor, aunque no haya sol. Sé que suena infantil, pero detesto abandonar los dominios de Morfeo cuando el líquido negro estaba a punto de abrazar la escarcha. Pocas cosas hay mejores para enfrentar –o remediar– las altas temperaturas que un frappé (y chispas) en compañía de las hadas.

Entre vigilias

Tal vez después de cerrar los ojos no reconozca lo que me rodea, pero a pesar de eso, no me siento intruso. El desorden resulta familiar, casi acogedor.

La huida es sencilla porque no requiere carátulas de color con sellos, rúbricas y escudos; tampoco aparatos con sonido melódico o irritante, o una carretera abierta al desbocado estruendo de los cilindros.

La travesía no incluye el equipo que el ambiente exige, pero las herramientas no son improvisadas ni –como en los comics o historietas– aparecen milagrosamente en el bolsillo, con todo e instrucciones listas para usarse.

Mi prisa no necesita un boleto definido, un asiento cómodo o un horario preciso. A veces, ni siquiera una página o una historia que me sirva de guía.

Lo menos importante es estar despierto o no. Para invocar las palabras e imágenes que me alimentan sólo debo mover mis párpados.

Ah, tomar café puede ponerles fronteras… pero nunca impedirá creer en los sueños.