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I Java Dream XX

Cuando no cambio los vívidos colores de mi mente por los colores vividos, esos en los que no sólo puedo posar la vista sino las manos, sé que algo sucede.

Cuando recuerdo sin presunción, pero con algo de esfuerzo,  aquella frase cartesiana de que los sentidos nos engañan, o cuando surge en mis labios una sonrisa que poco a poco se desinfla, y de pronto parece jamás haber estado allí, estoy seguro de que la imaginación se ha adueñado del terreno.

Enjoying_Coffee_Pera_Museum_2_bCuando la velada se transforma en carrera de resistencia entre la avidez y la meta (porque a un libro se le puede abandonar, pero no a los personajes que atrapan), casi todo está dicho.

Cuando en el margen veo esa caligrafía extraña que nace de la doble penumbra de mi mente y la noche, creo que el camino ha sido demasiado largo.

Para cuando el alba traza sus primeras, tímidas, caricias a través de la ventana, únicamente la esperan los testigos de siempre.

Junto al papel, poso de las ideas, el libro que me resistía a abandonar hasta no saber el desenlace; y el pocillo con su residuo, último vestigio de un empeño que duerme, ahora que alrededor todo despierta.

Saborr.

Las siguientes son algunas de las razones por las que jamás me iría de México a vivir a otro país:

  1. La gente.
  2. El clima (aunque en días como hoy…).
  3. El desorden ordenado en el que se vive.
  4. La comida.

¿Cómo entender la hora de la comida sin chile, cebolla, y limón?

Si, cómo no.
El fua grá: delicioso, sublime.
Las ostras Rockefeller: uf.
Pato laqueado: yes plis.

Pero a ver, ¿cuántos domingos sin barbacoa o carnitas aguanta el alma? ¿cuántos días puede uno estar sin tamales de verde o rajas? ¿sin sopes y huaraches?

No. No voy a ningún lado.

El sad one.

NOTA AL AMABLE LECTOR: no podrá usted (se lo aseguramos) disfrutar el siguiente artículo sin antes haber visto *completo* el video.

Gracias.

~*~*~*~*~*~*~*~

15 de diciembre 2011, 7pm, México, D.F.
Con ya algunos tintos corriendo por mi sistema, me llama el maistro de ceremonias:

“Y ahora con ustedes, Bob-Alberto, Harris-Estrada… Que nos va a cantar ‘El triste’.
¡¡¡CLAP CLAP CLAP CLAP CLAP!!!”

Volteé a ver al respetable, compuesto en su mayoría por gente borracha y entre risas y caras de incredulidad, que me arranco:
“Qué triste fue decirnos adiós
cuando nos adorábamos más,
hasta la golondrina emigró
presagiando el final….”

Berreé, grité, modulé, susurré y microfoneé como una diva y al final, atropellando al maistro de ceremonias, terminé envuelto en una ovación de pie con la cara a las luces, y diciendo mil y un gracias.

Pota.
Quedé coronado como “El Rey del Karaoke”… pero ¿recuerdan a Juanito Farías? Así, pero con menos cara de chango.
Pa pronto: quedé en tercer lugar, fuera de los VeTePés que se rifaban ahí, con otro áipod para mi impúdica colección.

El karaoke, las borracheras, las netas, el trabajo, los libros, las revistas, los amigos, los encuentros tuiteros, el tuiter, el feis, la gente, las aglomeraciones, el tráfico, Izcalli, Chiluca, las promesas, los desencuentros, las rupturas, las reconciliaciones, las carreras, los entrenamientos, el maratón…

En estos casi quince meses que me he alejado de la pocilga, esas palabras acá tan simplemente escritas reseñan en parte en qué he estado metido.
Regreso porque uno siempre regresa a casa. Que ¿qué voy a hacer? pues sepa –a ciencia cierta–; lo que sí, le copiaré a Diana con lo de su cocodrilo, y postearé no tan largo como mi compañero de fórmula, ni tan poco como en el tuiter.

Nos vemos, respetable público lector de la pocilga.

Alberto, o @estradalberto pa los cuates.

Evan… ¿huh? – #cuentoalvapor

Cuando Sumiko se asomó a lo que quedaba de la calle, vio el único semáforo que quedaba en pie parpadeando en rojo.

El polvo de las construcciones caídas ocultaba la luz del sol, y le pareció muy raro que podía ver el disco completo sin necesidad de entornar los ojos. Era como el eclipse que le había tocado ver cuando niña.

Recordó fugazmente aquel lejano día de 1936 en el que gente de todos lados vino a presenciar tan impresionante evento. La tristeza la embargó, porque ahora Kitami, su querido pueblo estaba destruído completamente.

Como pudo, trató de incorporarse, pero estaba atrapada entre los escombros del patio de su casa.

“Al menos es madera” musitó.

En la lejanía, un chirriar metálico se anunciaba cada vez más cerca.

Y el retumbar.

La piel se le ponía de gallina de saberse tan minúscula y sin esperanzas ante aquella amenaza. Lo poco que había quedado en pie, se tambaleaba cada vez más.

TROOOOMMMM – SQUEEEEEK – TROOOOMMMM

Podía sentirlo.

Era el fin.

Pasó saliva y otra vez el recuerdo.

Minoru ofreciéndole el té en aquel bello atardecer de primavera. Justo ahí, donde ahora había ruinas y destrucción.

La fuente.

El puente.

“Minoru, falta poco para que nos veamos…”

SQUEEEEEK

Cuando reaccionó, lo tenia justo encima de ella.

Era un angel monumental.

Redondo.

Negro como la noche.

Otra vez el recuerdo. El señor Makita, su maestro de física hablando de la antimateria y los hoyos negros. De la nada. Ahora que la tenía enfrente, no sintió miedo; solamente paz.

Iba a entonar aquel canto sintoísta “cruzando el río” cuando el estrépito la volvió a la realidad.

Los restos de su casa, volaron arrastrados por el ímpetu endiablado del EVA tacleando al angel quienes en su desenfrenada carrera hicieron ahora un surco en lo que quedaba de su manzana.

Macabramente, Sumiko, tenía asiento de ring-side en este combate de sumo monumental.

El angel se incorporó de forma casi mágica volteando sus interiores hacia afuera y mutando entre chirridos y rasguños de metal.

El EVA empuñó su espada y esperó.

Pasaron diez, quince, cincuenta segundos y todo era silencio. El Angel se quedó inmovil y empezó a cambiar de color.

Sumiko sintió una estática muy fuerte que la hizo recordar a su abuelo; y sus relatos sobre la explosión en Nagasaki.

FFFFFFFFFFFFFTTTTTTTTTTTTTT

El aire se hacía cada vez más denso; Sumiko no podía respirar. La boca le sabía a metal.

FFFFFFFFFFFFFTTTTTTTTTTTTTT

“Minoru”

La explosión atómica voló completamente Kitami y las dos montañas que lo rodeaban.

Bzzzzz…frrrttt… BZZZ!!!

-”¿Misato? ¿me escuchan en la base…? ¿Hola? ¿HAY ALGUIEN AHÍ?”


Una de nacos.

A Toño le gusta sacarse los mocos.

Aaahhhh…. qué sensación aquella de hurgarse la nariz.

Le resulta fascinante cómo se despegan las costras de la pared de la nariz, sobre todo cuando lo hace lento. Se puede sentir cada milímetro desprendiéndose; y de repente, uno que otro vellito que se viene en la costra.

Escrach-escrach… pareciera que hasta suenan cuando se despegan.

Cuando salen, los toma entre el índice y el pulgar; de preferencia de la mano izquierda, la cual no ocupa tanto, y se dedica a hacerlos pelotita. La costra todavía durita, tarda unos cuantos segundos en doblarse a capricho y humectares un poquito con la grasa de sus manos sucias. Raspa un tanto en los dedos, y la sensación le parece simplemente deliciosa.
Una. Dos. Tres vueltas.

Masajeo, meneo, rasqueteo con la uña.

- “Ira; clávate en esa mancha. Tssss, tiene forma como de máscara de luchador. Ahhh, triste Místico, le tenían qué ganar justo hace ocho días cuando aposté con el Juan.”

Una vuelta nueva, y ahora pasa a la otra fosa.

Gran descubrimiento. En este lado tiene la que pareciera ser la madre de todas las costras verdes en todos los años que lleva de saca-mocos.
Se acomoda en el asiento, y la sola idea de empezar a despegar esa costrona, hace que se le ericen los vellos del occipucio.

Escrach-escrach… “Esto es la gloria” le dice su cerebro, a lo cual él no responde, es más, ni lo entiende como tal; pero de repente, se empieza a sentir contento. Será porque es viernes. Será porque la costra se despega deliciosamente.

- “A ver si las chivas llegan a 6 triunfos al hilo… neta que ahora sí le apuesto al Juan y le gano”

Ahora se da cuenta que esta cosa es de dimensiones tan monstruosas, que es necesario deformar su cara en una mueca como de marrano… como quien huele algo desagradable y lleva la punta de su nariz para arriba…
“Oooohhh… ai va”
Y sigue rasqueteando. Hurgando.

Escrach-escrach…

La luz verde del semáforo, y la mirada inquisidora de la viejita que le alarga la moneda de diez lo sacan de su trance.
Se limpia la mano en la corbata azul marino y piensa mientras alcanza la marimba y mete primera casi al mismo tiempo:
“Chiales. Ya ni eso puedo hacer agusto.”

- “¡PÁSELE PA’TRÁS, QUEATRÁS ESTÁ VACÍO ¿SÍ? “

Pinche Toño.

Lágrimas de cocodrilo

Era un día soleado, con un cielo azul muy azul. Los chamacos correteaban en las calles, y sus gritos se perdían en la lejanía.
La Medu y yo caminábamos tranquilamente por la ribera de aquel canal de aguas negras que era el mejor lugar para jugar. Ella con ese paso majestuoso que la caracterizaba, y yo, siguiéndola como podía, dando tumbos y resbalando a cada tanto.

Me detuve para regresar el saludo que venía desde lejos, de Pepe, mi querido amigo.

Pasó todo muy rápido. Cuando bajé la mirada ya había ocurrido; un auto pasó velozmente sobre la Medu segando su vidad de golpe. Y lo peor, estaba embarazada. El fruto de su amor con el Tanner jamás se lograría.

“Nooooooooo. Los perriiitos. Nooooooooo. Meeeeeeduuuuuu”.

* * *

Desperté. Obvio, bañado en lágrimas, baba, moco, sudor…
Pinche sensación de angustia y apachurramiento; tardó meses en desvanecerse, pero puedo decir que me sobrepuse rápido. Tan rápido como puede un chamaco que recién va saliendo del cascarón.

Tenía yo 12 años. Y aun cuando había dominado el llanto hacía muchos tiempo, cada que recordaba el sueño; ahí estaban, las lágrimas amargas. La angustia de su muerte.

Hace mucho que no lloro. Bueno, al menos de tristeza.
No sé si es porque no puedo, o nomás no quiero. Pero hoy… hoy si chillé, pero de risa. Hacía mucho tiempo que no me reía tan de buena gana.

Ver a este chillón, y sobre todo, escuchar al mamón del policía soltar su frase lapidaria “lo voy a subir a yutúb por púto”, me provocan incontinencia urinaria.

¿Ya ves cómo el crimen no paga?