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Metamorfosis

Aquel año en que viví junto a un parque, Perla era la niña que sabía jugar sin límites, más allá de la torpeza que le imponía su andar, a medias cauto y mitad apresurado, envuelta en una bufanda más larga que ella misma, con la que igual jugaba a saltar la cuerda como a esconderse dejando fuera solamente pestañas y miradas.

En verano y otoño, rondaba desde temprano el parque donde siempre se le veía montada en un columpio. Desde allí desgranaba racimos de carcajadas.

Ningún ceño adusto o malhumor sobrevivía a una andanada de sonrisas. Todos los niños y adultos del rumbo sabían que un paseo por el parque era remedio eficaz para el desánimo, el tedio o la amargura, y allá iban. Perla no lo sabía, o quizá sí, pero no alteraba su entusiasmo. Tampoco se dirigía especialmente a alguien, pero todos sentían que era así. Cada quien recibía la risa de Perla como si la hubiera inventado especialmente para él.

Un día descubrí que había llegado el invierno, porque los juegos estaban desocupados. Sólo un par de perros callejeros dormitaban en el parque.

Algo me impulsó a sentarme en el columpio, balancearme y reír. De pronto el aire se entibió con voces, y la gente comenzó a llegar. Uno tras otro nos reconocimos en los aplausos, entre los juegos y bromas.

A veces parece inútil buscar, sumergidos en el lodo de la realidad, momentos como pausa, risas líquidas, ironías entorchadas que despejen la rutina. A veces basta sonreír para que del polvo surja la alegría como una joya.

“Yo no lo sé de cierto; lo supongo…”.

Humores perros

Ladies and gentlemen:
Ya está aquí la segunda temporada de #cuentoalvapor
Las reglas son sencillas: el plan es que no hay plan, esto aparece  y desaparece sin decir “agua va”, a veces sin mucho orden de por medio, unas veces con tema y otras no, nadie se arde ni se engüila, cualquiera le puede entrar,  sea o no en el tuiter de su confianza, y se puede –cómo no– romper la barrera de los 140. Y en podcast. Y en ilustración. Y en lo que más se le antoje, damita y caballero.

Bienvenidos, que esto ya empezó.

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*¡Ahhh! ésa sensación…*
- …es un ejército de…

-¡Fuuuta!…

- ¡Corte! ¿qué pasa chingá? Esa escena la teníamos ya montada ayer. Además, ¡acuérdense que no tenemos tanto filme! ¡Pongan atención, carajo!… ¡Pollo!

- Perdón… Soorry…

- ¡¡POLLO!!

- Diga patrón.

- ¿Cuanto pietaje nos queda?

- Masomenos para 1:10 no más

*uuhh… Ya valió*

- ¡Mta! A ver Fernanda, ¿sale esta toma?

- No jefe. Este plano que es el corto dura 3:15 según el ensayo de ayer…

- ¡¡Aahh qué la chingada leidis!! ¡Pongan atención! ¡Pollo! ¡Carga otro rollo! ¡Media hora todos! Pero los quiero aquí, no se vayan. Y no se fuma en mi foro… ¿Okei?

Ustedes leidis, a repasar por favor. Ya casi… esta y otra y terminamos, ya chingá… Por favor ¿si?

*ta madre*
- Si Rodri, lo que tú digas.

- Va, no hay pedo… Oye güey, ¿qué pedo? ¿Te tiraste uno? No mames, no seas puerca…

*oooh qué la veee…*
- No manches, así huele por aquí.

- Sí, pendeja…

*chale ¿qué me haría daño?*
- Pues sí güey.

- ¡Ya pues! Vamos a ensayar.

- – - – - – - – elipsis mamona- – - – - – - -

- Y… ¡Acción!

- Y ¿ahora qué hacemos?

- No lo sé…

- – - – - – - -otra elipsis mamona- – - – - – - -

- ¿Ya ven chicas? se los dije. Solamente necesitábamos un poco de concentración y ya. Esa escena era larga y complicada; en fin, ya terminamos. Muchas gracias…

*siii pinche mono… ahora sí ¿verdad?*
- De nada Rodri, qué bueno que ya terminamos. Si, nos vemos en el bar…

- Va.
Ora sí güey, dime la neta. ¿Te tiraste uno o no?

*siigue esta vieja*
- ¡Que no güey!

- Ahh, ¡te caché! tú nunca dices groserías mas que cuando estás en pedos.

*que la veee…*
- ¡Que no y que no!
*¡Ahhh! ésa sensación… ¡Para que se te quite pendeja!*

-¡Fuuuuuuta! ¡ORA Sí!!

I Java Dream XIII

Qué bien se siente llegar temprano en un día soleado. Tras el deber cumplido, un lugar apacible y luz natural.

Aún no necesito encender nada; podría sentarme a leer.

Damn, se fue la luz. Ya entendí por qué es bueno tener teléfono alámbrico. No estoy seguro de que mi celular esté cargado. ¿Y si llama y me quedo a media conversación? Mejor le mando un mensaje para que no me hable.

Sin electricidad tampoco puedo buscar reseñas de la película; va a pensar que soy un improvisado o un informal si nos vemos aquí. Peor aún, creerá que no puse atención cuando dijo que se le antojaba el cine “de arte”. Mejor le hablo.

Ah, pero no se me dan mucho esas conversaciones. Ni siquiera en tuíter, donde los 140 caracteres son demasiados para decir tonterías y muy pocos para conversaciones relevantes. Decir sólo “al rato nos vemos” sale más barato por teléfono, pero así seguro habrá pleito. Lo de después, ni hablar.

Qué bueno, ya regresó la luz. Justo a tiempo para disponer mesa. ¿Dónde habré dejado el teléfono? Ya oscureció, pero qué flojera encender luces para buscarlo. Hay que ser responsables (aunque dé pereza); ya mañana aparecerá.

¿Y si me llama? Mejor pongo a cargar el teléfono de una vez. Claro, tengo el celular, pero ese es sólo para emergencias.


Allí fue cuando llegaste. No es necesario contar lo que sucedió después, porque una vez cerrada la puerta, es poco lo que hace falta encender: para eso basta la luz de las velas.

Y después un café.

Pizpireta cucaracha
y la lechuga de Troya

En cierto anónimo local atrás del mercado del barrio, una variada colección de insectos organizaba juegos y competencias en el bote de la basura. Tita, en cambio, prefería recorrer pacientemente la huerta, escondiéndose siempre de los humanos que la cuidaban.

Aunque los demás insectos –pipioles, cochinillas y cucarachas, especialmente una muy joven y pizpireta– la consideraban lenta e insulsa, ella no hacía caso; así llegó a conocer todo aquel rectángulo de pasto, flores y tierra, arrastrándose pacientemente. Sus amigos presumían de aventureros porque a veces hallaban en el bote cosas sorprendentes (como un zapato, un trozo de cable o un boleto de cine) pero no había mucho qué comentar en esa esquina, que sólo tenía piso de cemento y dos letreros: “Orgánicos” e “Inorgánicos”… además, Tita era la única que sabía leer, no porque los demás fueran tontos, sino porque ella contemplaba todo –especialmente las cajas de cereal– antes de comerlo.

Un día, junto a los desechos orgánicos, alguien dejó una caja de cartón que emanaba apetitoso olor a podrido. La marabunta (encabezada por la cucaracha pizpireta) decidió atacar una mancha húmeda en el frente. Mientras tanto, de Tita (a quien asustaban las aglomeraciones) ni señales.

A la mañana siguiente, la población de insectos en pleno había desaparecido junto con la caja de lechugas envenenadas que los exterminadores pusieron para acabar con las plagas. Eso salvó el local, para alivio de doña Cuca, su orgullosa y también pizpireta propietaria.

¿Pero qué pasó con Tita? Por huir de las aglomeraciones y evitar las burlas de sus compañeros, se había escondido junto a la parte trasera de la caja; así, royendo una esquina, descubrió el bote de veneno con que habían rociado a las lechugas.  Como ella sólo masticó un poco de cartón (pero nada de lechuga), el veneno la hizo vomitar, y decidió quedarse en cama.  De esa manera, oculta en su crisálida, Tita escapó a la matanza y, llegado el momento, se convirtió en mariposa. Entonces fue libre para saciar sus ansias de exploradora, mucho más allá de ese pequeño rectángulo de pasto, tierra y flores.

Evan… ¿huh? – #cuentoalvapor

Cuando Sumiko se asomó a lo que quedaba de la calle, vio el único semáforo que quedaba en pie parpadeando en rojo.

El polvo de las construcciones caídas ocultaba la luz del sol, y le pareció muy raro que podía ver el disco completo sin necesidad de entornar los ojos. Era como el eclipse que le había tocado ver cuando niña.

Recordó fugazmente aquel lejano día de 1936 en el que gente de todos lados vino a presenciar tan impresionante evento. La tristeza la embargó, porque ahora Kitami, su querido pueblo estaba destruído completamente.

Como pudo, trató de incorporarse, pero estaba atrapada entre los escombros del patio de su casa.

“Al menos es madera” musitó.

En la lejanía, un chirriar metálico se anunciaba cada vez más cerca.

Y el retumbar.

La piel se le ponía de gallina de saberse tan minúscula y sin esperanzas ante aquella amenaza. Lo poco que había quedado en pie, se tambaleaba cada vez más.

TROOOOMMMM – SQUEEEEEK – TROOOOMMMM

Podía sentirlo.

Era el fin.

Pasó saliva y otra vez el recuerdo.

Minoru ofreciéndole el té en aquel bello atardecer de primavera. Justo ahí, donde ahora había ruinas y destrucción.

La fuente.

El puente.

“Minoru, falta poco para que nos veamos…”

SQUEEEEEK

Cuando reaccionó, lo tenia justo encima de ella.

Era un angel monumental.

Redondo.

Negro como la noche.

Otra vez el recuerdo. El señor Makita, su maestro de física hablando de la antimateria y los hoyos negros. De la nada. Ahora que la tenía enfrente, no sintió miedo; solamente paz.

Iba a entonar aquel canto sintoísta “cruzando el río” cuando el estrépito la volvió a la realidad.

Los restos de su casa, volaron arrastrados por el ímpetu endiablado del EVA tacleando al angel quienes en su desenfrenada carrera hicieron ahora un surco en lo que quedaba de su manzana.

Macabramente, Sumiko, tenía asiento de ring-side en este combate de sumo monumental.

El angel se incorporó de forma casi mágica volteando sus interiores hacia afuera y mutando entre chirridos y rasguños de metal.

El EVA empuñó su espada y esperó.

Pasaron diez, quince, cincuenta segundos y todo era silencio. El Angel se quedó inmovil y empezó a cambiar de color.

Sumiko sintió una estática muy fuerte que la hizo recordar a su abuelo; y sus relatos sobre la explosión en Nagasaki.

FFFFFFFFFFFFFTTTTTTTTTTTTTT

El aire se hacía cada vez más denso; Sumiko no podía respirar. La boca le sabía a metal.

FFFFFFFFFFFFFTTTTTTTTTTTTTT

“Minoru”

La explosión atómica voló completamente Kitami y las dos montañas que lo rodeaban.

Bzzzzz…frrrttt… BZZZ!!!

-”¿Misato? ¿me escuchan en la base…? ¿Hola? ¿HAY ALGUIEN AHÍ?”


Barrenos

Paul Valéry afirmó que un poema no se termina, se abandona, y de esto se hizo eco Octavio Paz. Creo lo contrario: el poema abandona al poeta en el desierto de su deseo no saciado.”  — Juan Gelman, al recibir el premio Reina Sofía.

Este lento consumo de  silencios parece, casi todo, un gemido sordo, entrecortado, maloliente, como trazo de gas pimienta en este aire que decimos –tú y yo– que respiro.

Día tras día, despepitar hasta que sólo quede eso: un rastro de semillas donde nada crece, ni siquiera la carne que alojaba esa esperanza en forma de goteras. Desvelo tras desvelo, una enorme pesadilla inatrapable que asfixia.

Encuentro descanso en la confiable tinta negra (ya sabes que la azul puede ser peligrosa) y temo, creo que con razón, la visita de mi albacea, pues ahora sus afectos tienen un guardián implacable, y yo, apegado a la nostalgia y a los viejos usos, utensilios y costumbres, cada vez quedo más en desventaja.

Lo único que me mantiene cuerdo es el insomnio, cruelmente destruido por el sueño, disipado al poco rato (una hora más temprano) por la luz que inaugura la vigilia.

Ah, pero siempre llega la noche. No estoy loco; sólo escucho con un poco más de cuidado este nuevo silencio. Las voces nunca respetan mis deseos.

Los habitantes de la imaginación entran y salen en un torbellino de letras que nadie puede advertir.

Antes de que amanezca, el caos de mi cerebro persigue una palabra que le dé sentido al sacrificio, a la morbosa violación de una página blanca.

Entre vigilias

Tal vez después de cerrar los ojos no reconozca lo que me rodea, pero a pesar de eso, no me siento intruso. El desorden resulta familiar, casi acogedor.

La huida es sencilla porque no requiere carátulas de color con sellos, rúbricas y escudos; tampoco aparatos con sonido melódico o irritante, o una carretera abierta al desbocado estruendo de los cilindros.

La travesía no incluye el equipo que el ambiente exige, pero las herramientas no son improvisadas ni –como en los comics o historietas– aparecen milagrosamente en el bolsillo, con todo e instrucciones listas para usarse.

Mi prisa no necesita un boleto definido, un asiento cómodo o un horario preciso. A veces, ni siquiera una página o una historia que me sirva de guía.

Lo menos importante es estar despierto o no. Para invocar las palabras e imágenes que me alimentan sólo debo mover mis párpados.

Ah, tomar café puede ponerles fronteras… pero nunca impedirá creer en los sueños.

Adivina qué vienen a cenar

La noche cuando llegaron los no-muertos, Marlin Ducruot no les dio importancia.

En aquella velada, su pequeño Bistro (capacidad: veintiséis comensales) sería reconocido con una estrella en la guía Michelin. Todo debía ser perfecto. Por eso le extrañó encontrar en la cocina sólo a Lolek, el sous-chef, con la mirada extraviada y más monosilábico, torpe y pálido que de costumbre.

Nadie más del personal se había presentado, pero Monsieur Ducruot estaba decidido a servir él mismo si fuera necesario. Su única obsesión era lograr el aplauso con un platillo principal inolvidable.

Fue mientras daba los últimos toques a su atuendo de trabajo cuando Lolek intentó sorprenderlo con una dentellada a la garganta. El chef enfureció… y, según los detectives, también contrajo el virus zombie, justo cuando el comedor se hallaba repleto.

La orgía de sangre que siguió fue indescriptible, aunque parece ser que Ducruot conservó, incluso en la locura, su motivación profesional.

Dentro del cráneo vacío del inspector de la guía Michelin, el forense encontró dos dedos del sous-chef y una sustancia blanca y agusanada: casu marzu, legendario queso de Cerdeña que hizo por fin famoso a Marlin Ducruot, autor de un memorable banquete de ultratumba.

Uno de zombis.

El Alberto amartilló la fuscona listo para disparar otra vez.

En la mano izquierda, tenía una gran mordida de la que no dejaba de salir sangre, y despedía un olor espantoso como a caca de perro.

- “Mierda, ya no me funciona bien esta mano”.

Así adolorido y todo, se escondió detrás de la puerta y esperó.

Era una noche muy oscura y tenebrosa; desas como de película. Lo malo es que esta sí que era verdadera.

Del fondo del largo pasillo salían gemidos, gruñidos y todos esos cochinos sonidos que hacen los zombis cuando están haciendo su trabajo; y lo peor, es que se oía a algo o alguien dirigéndose hacia él.

-”Fuuta, y a mí que sólo me quedan dos balas”.

Checó la cacha de la fuscona, y cuando vió aquellas letritas “Smith & Wesson” que tanto le gustaban, se dio cuenta que sería la última vez que las leía.

Los pasos, se podía adivinar que calzaban unos zapatos de tacón alto con tapa de metal; y cada vez estaban más cerca.

-”Ay virgencita ayúdame”.

¡Clic! alistó el percutor y respiró hondo.

- “Ora sí jija de tu chingada zombi madre, ya te cargo la…” ¡BLAMO! ¡BLAMO!

Sus últimas palabras fueron un “Shit… ya valí madres” muy sentido y bajito; cuando vio que los tiros ni habían rozado siquiera al engendro.

La zombie, que vestía unos leggings azules de mezclilla oscura con zapatos “peeptoe” altos de charol rojo con tapa de metal, una blusa de gasa que en algún momento fue blanca, muchas pulsera gruesas de madera y melamina de hartos colores, collares de bisutería fina y unos grandes aretes con una piedra negra al centro, lo montó con enorme agilidad; y en menos de lo que canta un gallo, segó la vida del Alberto con un solo madrazo.

Pinche zomba.

Primero, le sacó los ojos.

Le chupó todo el humor vítreo -su parte favorita- a cada uno; y obviamente, no pudo evitar que una buena parte de eso escurriera por su boca y pecho.

Después, se siguió con la lengua.

Uno a uno se comió todos los cartílagos de las orejas y nariz, rodillas y codos.

Chupó los 20 dedos, y dejó todo lo demás; incluso el cerebro, ahí aventado.

Se levantó satisfecha y bañada en sangre.

Si mirar atrás, echó a andar por el pasillo como eso; como zombi, a ver qué más se encontraba.

La noche no terminaría jamás.

—–

Querido socio en la marranada:

Disculpe usted si le machuco el pie o alguna otra parte de su graciosa anatomía publicando esto así a la de sin susto, pero la marranada es la marranada, y los #cuentosalvapor están que echan chispas. Además, ya sabe; a mí eso del orden y las buenas maneras cada vez se me dan menos.

Le mando un saludo desde la liviandad del famoso tuiter, y le reitero mi reconocimiento a su buena letra, mejor prosa y sobre todo oficio de escribidor demostrado en su última intervención allá en el sitio de las letras y la gente ilustre.

Y… querido público, no se mosquee, ya ve que en esta pocilga pasan cosas raras ól de táim.