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La palabra sí importa

No quiero aburrir, me dije. Por eso no había vuelto a aparecer, mientras mis libretas de apuntes, avarientas, acumulaban chispazos.

No leo para ser culto, sino para no ser aburrido, dice uno de mis principios. Por eso la aventura de leer (o más bien su recuento) hizo pausa, pero no la biblioteca. Después, la reflexión me hizo ver que mudez no es necesariamente madurez (con todo y cacofonía), pero la autocensura sí puede ser perversa discreción.

El apresuramiento en los trinos y en los muros feisbuqueros suele restarle artesanía, aunque tal vez no oportunidad, a las palabras.

Por razones como esas, el “viejo posteo bloguero”, como algunos en este desértico barrio aún le decimos, parece haber perdido algo de su lustre… pero no la magia. Decir y no decir, a través de trazos, trinos y lo que salga, sigue siendo la construcción de un diálogo, primero con el yo que resuena en mi cabeza y luego con quien se ofrezca.

Como decía el letrero del farmacéutico: este negocio abre sus puertas cuando me da la gana, y las cierra a la misma hora.

Las conversaciones continúan, aunque el ajetreo ya no sea tan aparente; los canales siguen abiertos, y la historia avanza, a veces sin voces discernibles, pero nunca sin palabras. Y a propósito…

AVISO PARROQUIAL

zucchero2

Hablando de imágenes y guiños, nos da gusto comunicar al personal que la FotoMadrina ha decidido ofrecer al público algunas muestras de su trabajo tras la lente. La exposición se llama Sin Palabras (no entiendo :-P ) y estará abierta desde el 4 de abril, acá en la esmogópolis. Quede la invitación.

Saborr.

Las siguientes son algunas de las razones por las que jamás me iría de México a vivir a otro país:

  1. La gente.
  2. El clima (aunque en días como hoy…).
  3. El desorden ordenado en el que se vive.
  4. La comida.

¿Cómo entender la hora de la comida sin chile, cebolla, y limón?

Si, cómo no.
El fua grá: delicioso, sublime.
Las ostras Rockefeller: uf.
Pato laqueado: yes plis.

Pero a ver, ¿cuántos domingos sin barbacoa o carnitas aguanta el alma? ¿cuántos días puede uno estar sin tamales de verde o rajas? ¿sin sopes y huaraches?

No. No voy a ningún lado.

Las mil y una noches

Tango era un perro finoli. Y digo era porque de pedigrí nunca ha sido, pero vivía en el mismo edifcio en el que Azcárraga Jr. ahí en Santa Fe.

Lo tenía todo, además de tener todo lo que un perro necesita para sobrevivir:
Una nana para el solo, ropita, juguetes y el permiso de hacer lo que le viniera en gana siempre y cuando no desaguara ni desalojara el colon en algún lugar de aquel magnífico departamento.

Recuerdo la forma tan a la de sin susto en la que llegó a nuestras vidas.
Un sábado en la mañana sonó el teléfono, era el Pika diciendo si queríamos un perrito. Lis sin pensarlo, y obvio sin siquiera tomarme opinión lo aceptó y tranzó la entrega para la siguiente semana.

Como nuestra agenda de recién casados daba para todo, ese siguiente sábado teníamos comprometido un partido de boliche, dos comidas, una peda en Xochimilco y la entrega del can.

Obviamente a las 3 de la tarde nos quedamos atorados en las trajineras y la agenda se echó a perder.
Pero no lo del perrito; como había quedado en un ‘ai nos hablamos’ pues con voz aguardientosa e ideas nebulosas, pedimos direcciones y nos dispusimos a ir al encuentro.
Ya en el edificio, que más bien parecía un resort de esos de playa -con alberca y todo- un elevador privado nos llevó a un piso, no se cuál, pero altísimo en la torre; y al abrir la puerta, ahí estaba.
En los brazos de la dueña viendo al elevador con mucha desconfianza.

Y que me ve. Y que lo veo.

Y que se suelta a ladrar.
Como loco.

Le pasaron la pelota, los juguetes; nada parecía funcionar. Yo creo que el güey ya sabía a qué íbamos.

Después de una sesión muy lacrimosa de despedidas, nos entregaron su ajuar: un impermeable, una cama de lana, una cobija finísima también de lana Irlandesa, una pelota, un paquete de croquetas de las caras y algunas otras chucherías.

Y llegó.
Y se apoderó del reven.

Hasta hoy.
Este chinche perro ha estado en todos -literalmente- los eventos importantes de este clan, y no como espectador. Ha tomado parte activa en todo, tanto que hasta el mote de ‘interventor’ se ganó a pulso.

*****

Hoy mi hija quiso que pasáramos por donde era la florería.
A varios meses del cierre el lugar está muy cambiado.
La plaza comercial, ahora si lo lograron; les quedó gachísima. Tiene rejas por todos lados, y es oscuuura oscura, y ahí donde era el local más rosa y alegre del lugar se lee: “La raíz del diablo” – Tattoo – Piercing.

Sentí gachón.
Pero con las preguntas de Nina me llegó una idea; ¿y si me hago un tatuaje?

Temas e ideas sobran.
Además lo he dicho, yo no soy un “tattoo guy”, como que no me iría

Pero como alguna vez oí en P&A en la serie esa de los tatús: “un tattoo es para siempre y algo personalísimo. No se piensa, nomás se siente y se hace.” Y queda para la posteridad.

Ahora que Tango tiene casi diez, me empieza a rondar la idea de lo que será vivir sin él.
Maldita sea, ¿porqué los canes viven tan poco tiempo?
Y ahí está la idea: podría inmortalizar a mi hijo y esas mil y una noches que hemos salido a caminar las calles, todos esos silencios, las corretizas, los muebles rotos, los corajes, las búsquedas desesperadas, los cachorros, las peleas, las madrizas… Su irrestricto amor.

Su amistad.

Snif.

Mi amigo fiel

Mi amigo fiel

Sí me voy a hacer un tattoo.

Rincones insólitos: Fotogenia para todos

Así debería llamarse el sitio del neoyorquino Jordan Matter. Las imágenes (y las instrucciones que ofrece a sus “modelos”) presentan (y venden) a un profesional que disfruta y conoce su negocio, cuida a sus clientes… y toma muy buenas fotos. Casi hace creer que la belleza depende sólo del ojo… del fotógrafo.

Ah. También se hizo famoso por un proyecto (titulado “Uncovered”) fotografiando mujeres en Nueva York, testimonio de que todo arte puede contar historias. Y la razón para incluirlo como rincón insólito.

Doña Mu.

La damiana en el matadero

Todavía me acuerdo de cuando perdí mi primera oportunidad.
Caí en el grupo o salón de una maestra realmente loca en cuarto año, que en serio, todas las mamás de la escuela la tenían catalogada “como un peligro”.
Algo había yo escuchado una año antes acerca de ella.

No faltaban los escuincles que recontaban con pelos y señales los desvaríos de la miss esta: “Y cuenta unas cosas bien looocas… se la pasa diciendo que ella vivía en España y que conocía a los reyes, a los príncipes, y que había bailes hasta el amanecer… con vestidos laaargos… está re-loca”.

El primer día de clases de ese cuarto año, llegué con la incertidumbre clásica que viene después de las vacaciones. Quiénes serían los compañeros, si estaría la chica que me gustaba, si el salón estaba limpio…

Y que la veo.
Una señora alta, blanca, de presencia digamos agradable, estaba muy mona sentada al escritorio mientras el tropel de chamacos entrábamos en medio de un mustio silencio.

Y que abre la boca.
“Buenos días… ehem… yo voy a ser su maestra este cuarto año… ehem… soy la maestra SoOofi ehem…espero que aprendamos y nos divirtamos mucho… ehem. Disculpen esque estoy un poquito ronca, pero esque tengo un tumor en la garganta, mi doctor ya me ha dicho muchas veces que me opere, pero no, la verdad es que a mí, me dan terror las operaciones. ¿Verdad mi amor?” Mientras cerraba su espích inaugural, y confirmaba todos los rumores acerca de su estado mental; una chamaquita  rubia ceniza con las raíces negrísimas, y cara de rata asentía vigorosamente, y copiando la “voz ronquita de su mamá” decía que si.

Además de la actitud, la voz ronca y su evidente desequilibrio mental, cuando se paró la pude ver mejor: Era blanca, pero por las plastas de maquillaje que le cubrían la cara. Los dientes… enormes y amarillos, dejaban ver el deterioro que sufre el esmalte por fumar como chacuaca; y la ropa… un saco de tweed a cuadros que en algún momento fue bonito, ahora era un depositario de manchas de café y yogúr, además de orines de perro y gato. Medias negras que de tantas jaladas parecían caladas; y para rematar… el estropajo amarillo con raíz negra de más de dos meses que llevaba en la cabeza a manera de pelo, era la confirmación de todo rumor y sospecha.

La neta no recuerdo haber sentido miedo. Más bien, incertidumbre. “Ahora sí, qué va a pasar”.

Y a punto de salir al recreo, que me aborda:

- “Tú eres Carlitos, ¿verdad?”
- “Sí maestra.”
- “Ay, dime Sofi…”
- “Sí maestra”
- “Bueno, ya me dijeron que tú eres el más inteligente de la escuela. Vas a ver que aquí vamos a aprender mucho; y ya sabes: si alguno de esos chamacos groseros te molesta, vienes conmigo, y vas a ver qué castigo le ponemos. ¿Te parece?”.
- “Sí maestra”.
- “Dime Sofi”.
- “Sí maestra”.
- “¡Ay niño!, vete a jugar. ¡Córrele!”

Me acuerdo que nomás por no contrariarla, me salí corriendo del salón, sintiéndome estúpido, pero de alguna manera influyente.
Cuando llegué a mi casa, a la hora de la comida, me enteré que mi mamá había estado cabildeando toda la mañana con el director mi cambio a otro grupo. El asunto era que, tantas mamás reclamaban lo mismo, que el director se comprometió con ellas a vigilar a la maestra “muy de cerca”, pues si cambiaba a todos los chamacos de grupo, aquello se quedaría vacío.

Mi madre, muy acongojada me hizo mil y una recomendaciones para lidiar con la maestra, y confiando en la suerte el tema quedó ahí reservado.

El año transcurría raro. Esta señora era capaz de contarnos dos horas de historias fantásticas de castillos, nobleza española y barcelonesa, para después pasar a las lecciones de español y madrearse a quien no le hiciera caso o llevara la tarea. Jalones de patillas, reglazos, gisazos, gritos destemplados (aún con “el tumor” en la garganta) y otras artimañas, era lo que esta santa señora usaba para tener el grupo “a raya”.

Yo mantenía a mi madre al tanto de todo; y su desesperación crecía. Ella sabía que ya no podía ir a pedir mi cambio; pero estaba la otra opción: que yo lo pidiera,
Aquí viene un corte, porque no supe como, otra vez antes de salir al recreo; que me llama la maestra. Cuando vi que se pintaba los labios y retocaba su maquillaje, sentí como que algo no andaba bien. “Vamos con el director” me dijo; entonces sentí que me fallaban las piernas.

Corte.

Ahí en su oficina, junto al lábaro patrio, era interrogado por el direc y la ñora esta.
- “Y dinos, ¿porqué te quieres cambiar, Carlitos?”
- “Esque mis amigos me molestan mucho. Sí estoy a gusto con la maestra, pero con los compañeros no.”
- “aaa… no te preocupes, porque yo voy a ver que BLA bla BLA bla…”

Mientras el famoso pistachón hablaba, yo sentía cómo mi oportunidad se esfumaba. Sabía que era un puto. Que la había desperdiciado.
Que me habían faltado los huevos para decirlo; y que esa ventana, se cerraba para siempre.

Corte.

Estoy chillando en la parada del camión con mi madre, y ella, se encarga de hacerme sentir peor de lo que estaba.
- “¿Porqué no dijiste? ¿Ya ves? ahora te vas a quedar ahí con esa loca. Tú pudiste haberlo cambiado.
- “BUAAAAAAAA… quiero ir a ver al director otra vez… vamos a verlo… sí le digo… por favoooorrr”.
- “No. Tu oportunidad se fue”.

Chin. Cayó el telón. Qué dura lección.
Y de ahí hasta estos días.

Me sigue doliendo el orgullo cuando estoy con la oportunidad, cuando puedo corregir una situación torcida y guardo silencio, apechugo y dejo pasar.
Ayer ni intenté meter las manos mientras entregaba a un judío vende coches a mi Damiana. Como a Chucho, la entregué por 14 chinches monedas y un cambiecito ahí.
¿Dónde quedaron todas esas horas de entrenamiento en negociaciones? ¿Dónde quedó la agilidad mental? ¿Era tal mi desesperación? ¿Debí entregarle a la Damiana a ese hombre desalmado? ¿Acabará de taxi en Chimalhuacán?
No lo sé. Pero sigue doliendo, y más gacho es para mí, encontrar recovecos sin luz en mi persona.

Y yo que pensé que había sacudido hasta el último rincón en la última escombrada.
Shit.

No estaba muerto…

An-da-ba de pa-rran-da.

¡UH!

Pues sí mis queridos hermanos marranos, vecinos, contertulios, allegados y semi-allegados lectores de estas letras.
Queridos todos; eso que ni qué.

Después de meterle duro a la caminada, la sonreída fácil, la libación desde temprano, y sobre todo, después de conservar aquella buena costumbre de buscar ser feliz a toda costa -aunque las circunstancias se empeñen en provocar lo contrario-…

He vuelto.

Con ánimos renovados y -neta- otra cara les digo:

  • Carnal marrano, alias Ivanius: Gracias por sacar la cara por este famoso espacio en estas semanas de mi ausencia y cuente usté con empeño de mi parte para estar a su estratosférica altura al escribir. Bueno, al menos el empeño.
  • Pika: Como dijera el Hutchens “we’re still alive on the back”.
  • Diana: Que ya me he enterado que su espacio cumple tres años justo hoy, pero que también hace como tres semanas que se le acumulan las telarañas. Seguro está usté bien. Suerte y un saludo marrano con todo respeto para usté y su palmípedo novio -referencia igualmente respetuosa-.
  • Señorita Escritora: (así con mayúscula) Todavía traigo harto pegado el último post que leí de su mercé. Desde ése día me he dado a la tarea de anotar mis sueños, o de al menos meterles una marquita mental para no dejar que se vayan. Y hablando de teleidentificación paragnoscitiva -”¿será que se dice así?” “psss no sé. Así déjalo” “Ah, okei, ta güeno” “Gracias wé” “Sí, de nada”- salud.
  • Estimado Laurens: Gracias por ser metódico y precavido. Como cuando de chamaco tenía mi “dudú” pa caminar y dormirme, su referencia es ley para ver cómo se escapa el año entre nuestros dedos.
  • Lalo: Igual que el caso anterior, pero con las tripas por delante. Siempre sentido y hartamente identificable -o sea que me identifico contigo. Capisce?-
  • Mi infalible Lic.: Ténquiu véri móch por seguir por ahí dándole duro al PR y al güebcróling. Lo esperamos por acá en su pocilga de confianza.
  • Clau: Qué bonito es experimentar casi como al espejo el despertar a la vida. Verá usté que es fabuloso un día abrir los ojos y darse cuenta de que toda esa cochinada, ese sufrir y las hilachas, quedan atrás como cuando la serpiente deja la piel y sigue el camino.
  • Y lást bot nót líst, Mi Puerco Solís: ¿Dónde andas carnal? ce te hestraña. Digo, deveras.

A huevo, deveras parece lista de agradecimiento del Grammy. Pero es la neta.
Les invito cordialmente a seguir dándose sus pasadas por acá y ¿cómo era?

Ah, si. Muchos tacos de carnitas para todos.

que no le digan que no le cuenten...

Sabor a mí

A veces me acusan de haber hecho cochinadas.

Pig sculpture at Isle of Wight (Wikimedia Commons)Yo les llamo torpezas; respeto mucho al sabroso animal que me permite saborear la cochinita pibil en el mercado de Itzimná, las gorditas de chicharrón en Mixcoac o las carnitas estilo Michoacán en el mismísimo Quiroga.

Me llaman la atención quienes creen que la podredumbre mental se puede justificar con un monumento.

Yo creo que es mejor hacerse cargo de las propias marranadas sin sacarlas a pasear.

Por eso a veces, cuando tengo razón, me aplaudo a mí mismo.